Koporo y el “fusion power” de la crianza

Siempre se habla de las ventajas de criar a un niño o niña en un entorno cultural diverso:

Los beneficios infinitos que brinda la posibilidad de que sean bilingües o trilingües desde pequeños

Que conozcan otras culturas distintas a la de sus padres y familias de origen

Que cultiven amistades diversas que los hagan tener una visión de mundo amplia y flexible…

TODO ESO ESTÁ MUY BIEN 

Pero, en la práctica, en el día a día de las familias “mixtas” o que viven un proceso migratorio, adaptándose a culturas distintas, esto no siempre se da con facilidad. Los contrastes emocionales y culturales que viven los padres, en especial la madre, que es quien, en la mayoría de las ocasiones, está presente de manera intensa en los primeros años de sus hijos, juegan un rol importante para desarrollar este proceso de “enriquecimiento” cultural.

Como madres, nos pasan cosas que no siempre sabemos identificar. Por eso, me sentí motivada y feliz cuando encontré el artículo de Marie Rose Moro llamado “Parentalidad y diversidad cultural”. Analiza en profundidad aspectos con los que muchas podemos sentirnos identificadas, en algún momento de nuestra maternidad y proceso migratorio. Ella dice: “La madre se encuentra sola en un mundo extranjero con todo lo que ello supone de riesgos y de incertidumbre. Ella tendrá que ajustarse a su bebé y aprender a ser madre sin la ayuda de sus comadres, contrariamente a la costumbre en las sociedades tradicionales donde el grupo acompaña en todos los momentos iniciales, como lo son el embarazo y el nacimiento del niño. En estos primeros cambios, el bebé va a estar impregnado de las maneras de hacer que la madre ha llevado con ella: una lengua, las maneras de ser y de hacer, una información sobre el mundo, técnicas de cuidado… En el curso de este periodo, la madre está confrontada a tareas contradictorias: proteger al hijo, quererlo a su forma, pero también prepararle para el reencuentro con el mundo de fuera donde ella no conoce necesariamente las lógicas”.

Está claro que percibimos el mundo de acuerdo a las categorías definidas por nuestra cultura y esa codificación cultural se transmite de generación en generación. Por eso, la realidad del niño se construye a partir del envoltorio exterior fabricado por la madre, a través de las primeras relaciones madre-hijo. De ahí la importancia de que ella, como persona individual que es, tenga un proceso de adaptación e integración sano y positivo en su país de acogida, en la medida de lo posible, para poder transmitirle a su hijo unos insumos que lo prepararán para ese mundo diverso en el que le tocó nacer y desarrollarse.

Al hilo de esto, recordé la escena en la que Koporo, estando en la habitación de Milo, uno de los tantos amiguitos que ha conocido en su viaje por este mundo, le habla del “Fusion power”. Un “súper poder” maravilloso que tienen los niños y niñas criados desde una mezcla cultural. Koporo, muy emocionado, le cuenta la riqueza que eso implica y va sacando de su pancita todo lo que ha ido acumulando en sus viajes en este mundo.

«Es un poder que te permite absorber las cosas buenas de otras culturas, de otras personas distintas a ti. Es muy divertido, ¡porque se te pega todo! ¡las palabras!, ¡los acentos!, ¡los bailes!, ¡las comidas!, ¡los refranes!»      

 

¿A que te sientes orgullosa de que en tu familia exista este estupendo poder?